El camino del élder

Para poder desarrollar todo su poder creativo un grupo necesita crear estructuras liberadoras, en las que las personas puedan expresarse libremente con todo su potencial creador. Por otra parte, a nivel personal debemos abandonar el rol de víctimas y desarrollar estrategias para recuperar y aumentar nuestro poder. El empoderamiento es por tanto un proceso personal y colectivo. Una vez recuperado nuestro poder individual podemos asumir tareas de liderazgo y contribuir de esta manera a un liderazgo distribuido en nuestros grupos. Y, dada nuestra experiencia de víctimas, podemos también convertirnos en facilitadores, con una especial capacidad para comprender todas las voces. En última instancia, si desarrollamos las habilidades necesarias podemos llegar a ser auténticos élderes para nuestros grupos.

La principal cualidad del élder es una experiencia acumulada de los asuntos más complejos y conflictivos, que abraza como su principal fuente de aprendizaje. Una experiencia en la que muchas veces ha sido víctima y otras opresor. Desde su experiencia, el élder puede ver el poder del opresor y la debilidad de la víctima, pero también la debilidad del opresor y el poder de la víctima —del que suele ser inconsciente— manifiesto en sus deseos de venganza y actos terroristas. De aquellos que tienen poder, el élder espera simplemente que se muevan con mayor conciencia desde el conflicto hacia el conocimiento. Ser élder supone abandonar la parcialidad y fomentar la compasión.

La compasión, sin embargo, no se adquiere de manera intencional. El que esté presente es un misterio y un regalo a la vez. Igual que nos llega, se aleja de nosotros. Es una buena práctica aprender a reconocerla en otra persona y observar cómo ésta la utiliza. Al menos así sabremos cuándo está presente y cuando no está. Su presencia o ausencia es clave para la atmósfera del grupo.

Cualquier líder, cualquier persona empoderada, se convierte en un élder cuando pone toda su atención, profunda y sincera, en el bienestar del grupo. Esto implica poner el ser de cada uno —sus sentimientos, estados de ánimo y pensamientos—, al servicio del resto del grupo. Se trata de reconocer que todo el mundo necesita apoyo. Un líder es en última instancia como un bailarín, capaz de fluir libremente por los diferentes roles del campo grupal. Reconoce y respeta aquellos que permanecen en silencio, da la bienvenida a las críticas y ayuda al atacante a que haga bien su trabajo. Sabe cuando se vuelve parcial e invita entonces a otros a desempeñar el papel de líder. Conforme aumenta su conciencia y fluidez, conforme la compasión se manifiesta en él más claramente, el líder deja paso al élder que todos llevamos dentro.

A. Mindell
“El élder, acostumbrado al dolor del fracaso, a la dicha del éxito, a la rabia frente a la injusticia, a la culpa por haber actuado injustamente, a la pérdida de personas cercanas y a sus propias pequeñas muertes, se convierte así en alguien capaz de aceptarlo todo, en alguien transparente al permanente proceso de la vida y capaz de recoger en su seno a todas las partes.”